sábado, junio 30, 2007

Receta de mujer, de Vinicius de Moraes

(cerca de este texto del viejo Vinicius debe andar la mujer perfecta)

Las muy feas que me perdonen
mas la belleza es fundamental
Es preciso que haya en todo eso algo de flor
algo de baile, algo de haute couture
en todo eso
(o si no que la mujer se socialice
elegantemente en azul como en la República Popular China).
No hay término medio posible.
Es preciso que todo eso sea bello.
Es preciso que de pronto
se tenga la impresión de ver una garza apenas posada
y que un rostro
de vez en cuando adquiera ese color único
del tercer minuto de la aurora.
Es preciso que todo eso sea sin ser, pero que se refleje
y florezca
en el mirar del hombre.
Es preciso, es absolutamente preciso
Que sea todo bello e inesperado.
Es preciso que unos párpados cerrados
recuerden un verso de Eluard
y que en unos brazos se acaricie
algo más allá de la carne: que se los toque
como el ámbar de una tarde.
Ah, déjenme decir
que es preciso que la mujer que está allí como la corola
ante el pájaro.
Que sea bella o tenga por lo menos un rostro que recuerde un templo y
sea leve como un resto de nube: mas, que sea una nube.
Con ojos y nalgas. Lo de las nalgas es importantísimo.
De los ojos, entonces, ni decirlo:
que miren con cierta maldad inocente.
Una boca fresca (nunca húmeda)
es también de extrema pertinencia.
Es preciso que las extremidades sean flacas; que unos huesos
sobresalgan, especialmente la rótula en el cruzar de piernas,
y las puntas pélvicas, cuando se enlaza una cintura ondeante.
Gravísimo es sin embargo
el problema de los huesos claviculares:
una mujer sin ellos
es como un río sin puentes
Indispensable que haya una hipótesis de barriguita,
y en seguida la mujer se alce en cáliz,
y que sus senos sean una expresión greco romana
más que gótica o barroca
y puedan ilumniar la oscuridad
con una potencia mínima de 5 bujías.
Es muy menester que calavera y columna vertebral
casi se muestren; y que exista un gran latifundio dorsal
que los miembros terminen como tallos
y bien haya un cierto volumen de muslos
y que sean lisos, lisos como pétalo y cubiertos de suavísima pelusa
sensibles, sin embargo, a la caricia o contrapelo,
Es aconsejable en la axila una dulce gramilla con aroma propio
casi imperceptible (un mínimo de productos farmacéuticos)
Preferibles sin duda los pescuezos largos
de modo que la cabeza dé a veces la impresión
de ser ajena al cuerpo, y la mujer no recuerde
Flores sin misterio.
Pies y manos deben contener elementos góticos discretos
La piel debe ser fresca en las manos, brazos, dorso y rostro
Pero que las concavidades y los huecos tengan una temperatura nunca inferior
a los 37 grados,
pudiendo eventualmente provocar quemaduras de primer grado
Los ojos, que sean de preferencia grandes,
y su rotación al menos tan lenta como la de la tierra,
y que estén siempre más allá de un invisible muro de pasión,
que es preciso traspasar.
Que la mujer sea en principio alta
o, si baja, que tenga la actitud mental de las altas cumbres.
Ah, que la mujer dé siempre la impresión
de que, si cerráramos los ojos
al abrirlos ella ya no estaría presente
con su sonrisa y sus enredos.
Que ella surja, no que venga;
que parta, no que se vaya
Y que posea una cierta capacidad de enmudecer
súbitamente
y hacernos beber la hiel de la duda.
Oh, sobre todo
que no pierda nunca, no importa en qué mundo,
no importa en qué circunstancias,
su infinita volubilidad de pájaro;
y que acariciada en el fondo de sí misma
se transforma en fiera sin perder su gracia de ave,
y que exhale siempre
el perfume imposible,
y destile siempre
la embriagadora miel
y cante siempre el inaudible canto
de su combustión
y no deje de ser nunca
la eterna bailarina
de lo efímero
Y en su incalculable imperfección
constituya la cosa más bella y más perfecta
de toda la creación innumerable.

Vinicius de Moraes